Yo no soy periodista

Laura Barreros, periodista ecuatoriana.

Laura Barreros. Siento que nunca di la talla. Nunca me sentí capaz de llevar el ritmo vertiginoso que demanda el oficio; y más todavía en provincia, donde para llenar espacio te pedían hacer de 3 a 4 notas diarias y dejar unas cuantas más el viernes si no trabajaban el fin de semana. Y en cada una de ellas debías ser, mínimo, fotógrafo y periodista a la vez. Ahora supongo que debió sumarse el ser community manager. Terrible. 

No soy periodista porque soy lenta. El tiempo…. ¡qué delicia es disponer del tiempo necesario para pensar, sentir mientras escribes, leer, borrar, reescribir, editar! Sentir el privilegio del lenguaje a tu disposición. En ese tiempo, aunque también se padece con la tensión de ideas sobrepuestas y desordenadas, hay posibilidad de gozo. Sin embargo, es precisamente ese gozo del que nos han ido despojando los demandantes medios todos los días con el pretexto de la inmediatez, agudizado ahora por la premura de dar el primer twitazo o posteo.

No soy periodista porque me gusta caminar, no correr. Cuando anduve por las calles de Latacunga intentando aprender a reportear me provocaba incomodidad, por decirlo menos, que las ruedas de prensa nunca empezaran puntuales. Resultaba algo gracioso que las autoridades, por el hecho de serlo, se creyeran facultados para disponer de tu tiempo y arrebatártelo a cuenta de darte luego un par de palabras que rellenarían nuestros espacios en los medios y, a algunos medios consentidos y bien portados, una rebanada de pauta.

No soy periodista porque mi reacción inmediata es limitada; mis respuestas demandan meditación. Me sentía como mosco en balde de chicha en esas coberturas donde había que disputar un espacio para mi pequeña grabadora de mano en medio de tanto micrófono con un cubo que marcaba espacio o cuando el personal de relaciones públicas de alguna institución te reprendía porque dizque estabas invadiendo el cuadro que ellos debían registrar con nitidez y pulcritud. Qué atropello.

No soy periodista porque nunca disfruté de escribir bajo presión una nota en la que no me estuviera permitido, por la limitación de tiempo, revisar con detenimiento cada detalle, buscar formas distintas de decir lo que quería explicar, para plasmarla en un texto que se publicaría en un par de horas o al día siguiente, en el mejor de los casos. Admiro la capacidad de quienes tienen neuronas más diligentes que las mías y pueden procesar tanto en tan poco tiempo.

No soy periodista porque no soy capaz de hacer cosas en simultáneo. Con el aparecimiento de las redes sociales mi presión fue en aumento y literalmente me puso a temblar. Me temblaba todo el cuerpo mientras intentaba escribir un texto coherente, enviarlo por mensaje para que lo subieran a redes desde la oficia, no perder de vista la grabadora y cuidar que mi cámara no se estropeara por algún torpe movimiento. Todos estaban volcados a tener la primicia, a publicar primero, a sacar la mejor foto, además de que pocos estaban dispuestos a ser solidarios. Eso, para alguien como yo, era un ambiente difícil. “Esto es la jungla”, me dijo alguien bromeando, pero muy enterado de mi falta de adaptación. Pensé que mi inseparable gorro safari con el que me paseaba por las calles para evitar mis jaquecas nocturnas no sería suficiente para sobrevivir en esa ‘jungla’.

Cuando andaba por esas calles estrechas con mi cabeza protegida por mi sombrero, me gustaba detenerme a ver: a ver pasar la gente, la forma de las casas, los detalles que tenían y hasta indiscretamente escuchar las cosas de las que hablaban personas sentadas en algún lugar cercano. Me gustaba pensar en cosas que tal vez no ocupaban a nadie.

Una vez me puse a averiguar por qué la gente terminó haciendo cada uno por su lado la fiesta de la mama negra, o cómo es que se organizan las señoras del mercado para ser madres, amas de casa a tiempo parcial y comerciantes y lo que implicaban los conflictos que se presentaban de modo inevitable en su convivencia cotidiana los días de feria. Ir a comer mote con morcilla o cortado de guagua mama era solo un pretexto para mirar todo eso que me gustaba curiosear.

Alguna vez me senté en el parque Vicente León y me puse a pensar en quién y por qué decidió construir ese imponente monumento, que ahora leí lo están desbaratando. Por qué el nombre de ese hombre identifica al parque, a uno de los colegios más antiguos de la ciudad, a un teatro y a calles del perímetro cantonal.

Otra vez me llamó la atención unos baños públicos. Es decir, cuartos de baño con duchas de agua caliente. Me parecía extraño ¿quién se bañaría en esos lugares? Ahora entiendo que lo que yo quería era buscar la profundidad histórica de las cosas que veía. Ahora entiendo que nada de lo en ese tiempo miré era “natural” o que simplemente apareció porque sí, sino que era producto de una construcción histórica. Ahora sospecho que los baños que tenían duchas respondían a una política de higienismo que tuvo vigor en la primera mitad del siglo XX. Tal vez las duchas públicas contribuían a que la política higienista impulsada por médicos ecuatorianos como Pablo Arturo Suárez se hiciera efectiva en personas que no disponían de este servicio en sus hogares.

Eso puede tener sentido si pienso que en la década de 1950 agencias gringas de intervención cultural como la Misión Andina llevaron adelante procesos para modificar las viviendas en las que crecieron y vivieron nuestros bisabuelos, abuelos y posiblemente nuestros padres. Debían sacar a los cuyes de la cocina, dormir sobre una cama que los separara del piso, bañarse a diario y construir un baño, o por lo menos una letrina, en sus casas.

Entonces decidí -sí, decidí- empezar a escribir temas un poco más extensos que se publicaban semanalmente. Yo fui una especie de ‘becada’ en un pequeño, pero contundente medio de comunicación en Latacunga. Fue el primer medio digital del centro del país. Ahora todo es internet, pero a inicios de los 2000 alguien se había animado a apostar por un medio serio e innovador, y yo, recién graduada, me embarqué también ahí.  Muchos exaltaron la seriedad y profesionalismo del medio digital. Esos dos componentes no necesitaban ser parte de su slogan porque iban implícitos en cada nota que publicaba. Pero claro, el romanticismo que envuelve al llamado “oficio más hermoso del mundo” -y que justo hoy se trilla más mientras se pasea en cuanto espacio disponible en redes sociales- termina cuando no se logra sostener económicamente porque hace bien el trabajo, paradójicamente.

En ese medio tuve tiempo, no para reportear como lo hacen quienes sí son periodistas y lo disfrutan, sino para conversar a gusto con la gente que generosamente aceptaba hablar conmigo, para hacer fotos con mi cámara profesional buscado que también las imágenes fueran parte de lo que iba a contar y no solo un accesorio que ilustrara la nota. Tuve tiempo para pensar e imaginar la estructura que tendría mi texto, para sentarme a escribir, leer, borrar y corregir. Había tiempo para que el texto fuera leído y comentado antes de publicarse. Esos, mis primeros textos, no eran buenos. Estoy segura. Pero fueron los que me enseñaron el valor de enfrentar una hoja en blanco, de vencer el temor al rechazo de un posible entrevistado, de ver en las fotos un trabajo que pudo hacerse mejor, de que yo misma sintiera el impulso de ser mejor.

Nunca voy a desconocer que fui una privilegiada en una ciudad pequeña donde la presión que desbordaba a quienes se ganaban el pan siendo periodistas contrastaba con mi alegría de buscar temas para escribir tranquilamente. No voy a juzgar su trabajo – no soy nadie para hacerlo- menos aún desde esa experiencia privilegiada.

Más bien quiero alentarlos para que se comprometan todos los días con su oficio. Que pese a las relaciones laborales injustas en las que deben trabajar no dejen de buscar opciones y espacios de aprendizaje para que cada día hagan un trabajo mejor, más comprometido y equilibrado. Tomen en cuenta que los reconocimientos representados en placas, medallas, diplomas o cumplidos provenientes de los representantes del poder, si bien exaltan su trabajo, son un síntoma de que su labor se ajustó a lo que el poder espera de ustedes, pero me permito recordarles que el trabajo periodístico debe hacer precisamente lo contario.  

Un abrazo a todos quienes eran periodistas cuando anduve por tierras latacungueñas y para quienes no han claudicado del oficio.

Laura Barreros

***

Publicado por soloperiodismoblog

Roque Rivas Zambrano, catedrático de la Facultad de Comunicación de Social de la Universidad Central. Es Editor del diario La Hora. Tiene un postgrado en Opinión y Periodismo en Argentina. Participó en más de 100 talleres de periodismo dentro y fuera del país. Tiene experiencia en radio y en asesoría. Recibió el premio nacional de Prensa (1997) entregado por la Unión Nacional de Periodistas (UNP) y la condecoración al Mérito Laboral entregado por el Ministerio de Trabajo. Su novela inédita ‘Pueblos fantasmas’ ganó el segundo lugar del concurso organizado por la Universidad Central del Ecuador, en el que participaron docentes, estudiantes y empleados de la entidad. En el 2015, recibió el primer premio en la categoría ‘Nuevas Tecnologías’, en el concurso Eugenio Espejo organizado por la UNP, por su blog ‘Solo periodismo’. En el 2016, la misma entidad le otorgó una mención de honor por su ensayo ‘Diez pasos para escribir una crónica’. Además, la Facultad de Comunicación Social (FACSO) le entregó un reconocimiento por su obra literaria y su trayectoria.

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